EL SUEÑO DEL BOSQUE
He trabajado arduo en los cimientos. Al menos por hoy no quiero saber de la pala, ni del chuzo, ni del sol. Como de costumbre después del almuerzo la dictadura del sueño quiere apresarme y lucho por mantenerme despierto en este sofocante calor. Voy por un vaso. Vuelvo a la arcilla, a su rostro, pero no logro representarla correctamente. Su cara es bastante peculiar. Es como si los dioses hubieran querido expresar algo oscuro y alado a través de ella. Su semblante revolucionaria, su mirada de Jaguar, su sonrisa de supernova… Pienso que el día en que pueda llevar con fidelidad sus rasgos a la arcilla, realmente podré asumirme como maestro. Por mientras pasa por mi mente lo bella que ha de verse vestida nada más que por un collar de perlas. Mi cuerpo grita, los ojos se me cierran, mi corazón bombea con la humedad del ambiente. Siento un calor de dragón mientras algo me recorre pesadamente por dentro. Trato de moverme, subir la energía, me mojo la cara, me doy una ducha fría, me miro en el espejo, me pongo a caminar por los recodos y entonces me acerco al arroyo escondido entre el follaje. Respiro amplio, abro suavemente y lentamente mi mano mientras mi corazón va entrando en suave calma.
Ahí estaba precisamente en el silencio del bosque distenso y mirando mi rostro barbado en el arroyo perdido entre el cristalino verde profundo, mientras su risueño rostro se acercaba en mi mente como la más hermosa imagen hipnotizadora, incrustada como una flecha por un estúpido, travieso o irresponsable Cupido. Recordé entonces su genuina alegría.
Ahí estaba el recuerdo de esos labios carnosos por la que había hablado la instintiva vida inconsciente y que ahora ensoñaba con morder, conocer sus secretos, y que se me imponía como imagen de un amor imposiblemente inexistente. Pero en mi mente, el placer imaginario. Ya ardiente quería vivir en sus ojos chispeantes, besar sus carnosos labios rojos, el arete de su nariz, tener la experiencia de su lengua acariciadora. Entonces sobre el microcosmos del bosque apoyé mis espaldas, cerré los ojos y seguí soñando.
No era ella una cosa en la cual aplacar la sed verdadera, sino su causa. El aroma de los pinos invadía mis dominios mientras huía hasta que dejó atraparse, asiéndose con fuerzas a mi cornamenta. Apresada por la cintura, cual cabrío loco saltaba en los peñascos levantándola en mis brazos como señal de victoria, celebrándola a la primavera entera. La música estallaba desde adentro, su sonrisa se propagaba de flor en flor, los pajaritos ensayaban su trino tratando de imitarnos, los rayos del sol iluminaban su belleza: Agua, aire, tierra y fuego. Todo era nuestro. En la orilla del lago, ni una sola palabra, ceremonialmente, montada en intenso trance, piel a piel, labio a labio, fue desprendiendo como un manantial su telúrico cariño. No hubo más que silencio sagrado, sagrado silencio. Me sentía en “mi casa”. Era ella paz y alegría, era ella el sueño del bosque.
Entonces un tábano mordió mi cuello, desperté dando un alarido maldiciendo tan infame bicho que me sacaba de ese mundo perfecto. Mientras me parecía que el perfume del bosque guardaba en alguna parte su aroma de mujer, la dulzura de su voz y su sonrisa inolvidable, que se repetían como Eco en mi mente. El espacio de representación con ciertos puntos en mi cuerpo dando señales de vida. En mis ojos rastros de oro y plata me “nublaban la visión”. Con rapidez de aerolito bajé a profundizar en los cimientos: era ella en mi mente la protagonista de un carnaval fantástico.
“Estoy en la ilusión del Amor” me dije a mi mismo, rompiendo el ensueño sonriendo mientras caía en cuenta que en la punta de la pala una piedra de cuarzo adornada con pequeñas areniscas metálicas parecía anunciar tiempos dorados… y es que la alegría tiene el brillo de la plata y el color del sol.
Terminé la jornada y en la fiesta del sol menguante me dispuse a celebrar la cena.
Mi pedido ardió también en mi corazón.
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